LA MODA, TAN SERIA FRIVOLIDAD

BERLIN, GERMANY - JANUARY 18: (L-R) Judith Rakers, Stephanie Stumph, Viktoria Lauterbach, Ursula Karven and Alexandra Neldel attend the Laurel show during the Mercedes-Benz Fashion Week Berlin A/W 2017 at Kaufhaus Jandorf on January 18, 2017 in Berlin, Germany. (Photo by Franziska Krug/Getty Images for Laurel) *** Local Caption *** Judith Raker;Stephanie Stump;Viktoria Lauterbach;Ursula Karven;Alexandra Neldel

ANTOLOGÍA FIRMAS CÉLEBRES en S&G  

 

LA MODA, TAN SERIA FRIVOLIDAD por Néstor Luján (1)

 

“Las mujeres vulgares siguen la moda, las pretenciosas la exageran, pero las damas de buen gusto pactan agradablemente con ella” (marquesa du Châtelet).

   

De vez en cuando me agrada asistir a las presentaciones de la moda. Creo que la moda responde, de una manera fiel, a los reflejos de la psicología colectiva de cada generación. «Quien no ve en la moda más que la moda, es irremediablemente estúpido., escribió Honorato de Balzac, y me complazco en repetir a menudo esta frase, tan sólo sea por justificar mi curiosidad sobre este fenómeno del vestir de la mujer.

   

grupo de damas en el desfile de Laurel, en Berlin (C)

    De un tiempo acá, las exhibiciones de modelos han perdido rotundidad, sobre todo en París, que era la ciudad que dictaba, tiránica, estas manifestaciones. Yo no llego a ser como Josefina Baker, que cantaba, en sus buenos tiempos, aquella canción en la que decía que sólo tenía dos amores: su país y París. Sin embargo, siento una debilidad por esta capital. Soy, ¡ay de mí!, un afrancesado. Fui lo que se llamó un extranjerizante, antes de que el turismo, buen extranjerizador entre los extranjerizadores, nos_ definitivamente, extranjerizara, y perdonen el trabalenguas. No llego a creer que París sea el único lugar del mundo donde se vive, mientras en los demás sólo se vegeta, como escribió un francés, provinciano por más señas. Pero, realmente, durante más de dos siglos, la vida espiritual y la vida sensual la dictó Francia a través de su capital. Ha sido, hasta hace muy poco, lo que se podría llamar el emporio de la moda. Recuerdo haber visto un papel satírico de fines del siglo XVII, en el cual se copiaba una se-rie de grabados con los trajes nacionales de las principales regiones de Europa. Cuando llegaba al traje típico francés, las figuras masculina y femenina que los simbolizaban iban vestidas como Adán y Eva, con un paquete de ropa debajo del brazo. Al pie de los grabados rezaba el siguiente comentario: «En lo que se refiere a los franceses, varían tan a menudo de moda que preferimos re-presentarlos con un paquete de distintas ropas y lazos con los cuales irán cambiando a su placer.. Era la época en que la duquesa de Orleáns, la vieja princesa palatina, tosca, alemana y obesa, escribía, estupefacta, a su prima: «Este año, las elegantes, con un pincelito, resignen sus venas y las pintan de azul para hacer creer que poseen una piel tan fina que les transparenta las venas a través del cutis.. Esto pasaba en Francia, y a nadie le extrañará que en casi dos siglos se hayan mantenido los fútiles, variables y perentorios dic-tados de la moda parisiense.

Las presentaciones de modelos no son lo que fueron, es evidente. La moda ya no la dictan aquellas exquisitas orquídeas que eran los displicentes mo-distas. La moda en Londres, en Florencia, en Nue-va York, en Madrid o en Barcelona aparece de una manera casi espontánea, desordenada y juvenil. La alta costura es ya un prestigio .demodé., como la nobleza del Sacro Imperio Romano. Esto no quiere decir que yo no lo respete, porque siempre soy partidario de todo lo que tuvo un noble pres-tigio. Ahora’ bien, asistiendo a las últimas mani-festaciones de esta alta costura y de quienes pre-tenden imitarla, se da uno cuenta de que penetra en un mundo arcaico e insólito. Se experimenta una sensación parecida a la que debió sentir lord Carnavon cuando penetró en el mausoleo de Tutankamen: un aliento de siglos, ilustrísimo.

   

 Varias son las razones por las cuales este servidor de ustedes, que encontraba natural hace unas décadas tales exhibiciones, sufra ahora esta especie de estremecimiento espiritual y casi físico. Ante todo, por las protagonistas de estos acontecimientos. Las modelos se han ido convirtiendo en unos seres absolutamente irreales. Son unos majestuosos esqueletos revestidos de una adorable y dorada piel, y con unos ojos luminosos, agacelados. Las dientas son unas deliciosas damas maduras, con todo el encanto de la ingenua ilusión que las ha llevado a estos salones. Parece muy difícil, por leyes absolutamente físicas, que los trajes de las adorables modelos puedan con-tener el cuerpo de las respetables damas. En segundo lugar, no sólo separa a unas de otras la estructura física, sino que existe una insalvable barrera dictada por el precio de los modelos que se exhiben: docenas de miles de pesetas. O sea, que las únicas personas que pueden granjearse el placer de llevar estas suntuosas prendas son precisamente las damas para quienes no fueron diseñadas, y la galantería me impide precisar más. Pero, en tercer lugar, hay una cosa más grave todavía: mis admirados esqueletos, en su vida privada y particular, suelen ir ataviadas con un gusto absolutamente contrario al que inspira a los modistas: pantalones de pana violeta, botas de .cowboy., jerseys, muchos jerseys, y no llevan en su faz el menor rastro de maquillaje. Son como todas las chicas jóvenes, aunque más altas, más torturadas por el hambre y, naturalmente, más lánguidas. A mí, personalmente, me parece que estas modelos se asemejaban en sus instintivos movimientos a los más bellos impalas que haya visto en Africa, porque tienen un punto común con es-tos gráciles antílopes: el hambre que sufren. Nadie ahíto se mueve con gracia. Resumiendo, nos hallamos en una serie de dilemas. Primero: la alta costura está imaginada por unos caballeros que visten muy bellamente a unas mujeres que no desean en absoluto ir vestidas de tal guisa, que son las jóvenes modelos. Segundo: que las damas que desean ir vestidas como las modelos acaban llevando unos trajes parecidos después de complejas y generalmente poco favorables modificaciones. Tercero: que la creación de los modistas es tan absolutamente cara que reduce cada vez más la clientela.

Ante estas conclusiones, yo, en defensa de la alta tradición de la moda, me atrevo a sugerir a los modistas que todavía no se han lanzado al mesocrático comercio del •prét-a-porter». que diseñen trajes para señoras cuarentonas, quintañonas más. Que busquen, entre sus modelos, a mujeres físicamente parecidas a sus dientas. Ello evitara. además, esas ridiculas músicas de fondo v pasos de danza que suravan ahora las exhibiciones, y otras frivolidades. En nombre de la libertad humana, se debe liberar a las jóvenes modelos de trajes que no les gustan, y se debe otreeer a las adictas a la alta costura trajes pensados y realizados para ellas. Y en esto no hay el menói matiz peyorativo: una mujer bella, si es adc más inteligente, mejora siempre con la edad

1971.Octubre.09. Copyright S&G

(1) Lujan,Nestor. Periodista y escritor. Columnista semanal del semanario “Sábado Gráfico”, en las décadas de los años 70 y 80, trataba en estas columnas su particular visión de la actualidad con uns pluma sagaz y respetuosa. Compartió estas columnas con su sección gastronómica, a través de su seudónimo “Apicio”, donde mostraba su especial conocimiento como precursor y divulgador de las artes gastronómicas cuando éstas no recibían el fervor mediático del siglo XXI.